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Pasó como un minuto, un largo minuto de silencio, ninguno de los dos dijimos nada. Mi mirada le recorrió su figura de arriba abajo, no lo pude evitar. Sé que mi mirada era lasciva pero era el deseo que me había provocado. Ella no podía creer que su propio suegro la estuviera viendo de esa forma.

Muy a su pesar sentía que le gustaba esa mirada. Supongo que su autoestima estaba un poco baja, pero a la luz de la vela me mostraba su cuerpo joven y bien formado, sus enormes senos destacaban en su esbelta figura, el sostén blanco apenas podía cubrir sus pezones porque la breve tela era incapaz de cubrir las prominentes carnes que por arriba y abajo escapaban de su prisión.

Yo no lo pude percibir, porque estaba vestido, pero Liz sentía hasta la escasa corriente de aire proveniente de la ventana apenas abierta desde el baño. No pude dejar de sentir un poco de celos. Mi mirada seguramente ya no era amable y coqueta, sin duda era completamente lujuriosa.

Me estaba excitando con mi nuera. Creo que era recíproco, aunque ella seguía pensando en el hecho de que soy el padre de su esposo y no estaba bien que estuviera casi desnuda a unos pasos de mí.

Me acerqué a ella y en segundos estaba frente a Liz. Pero sus pezones le delataron cuando mi mirada se posó sobre sus pechos. Me senté en la cama junto a ella y mi siguiente pregunta fue demoledora: Su turbación fue evidente, no supo que contestar, de su boca apenas balbuceo un: Me tomé un instante, como pensando mis palabras, respiré y después de un suspiro le dije: No me contuve y le pregunte.

Mis largas chupadas y lengüetazos eran fuertes, con ansias apenas contenidas. Liz siempre me pareció de piedra, pero no lo era, así que de sus leves gemidos iniciales al cabo de un rato gemía con fuerza, solo la lluvia golpeando en la ventana acompañaban esa rítmica melodía de placer que ella cantaba.

Liz dejó ver que mi olor a hombre le encantaba, porque se puso frenética. Ahí ella se dio cuenta cuanto le gusta y excita el olor de un macho en celo; y no solo eso… mis pectorales marcados y los vellos espesos entre castaños y algunos plateados en mi pecho atraían su vista, estaba extasiada… Yo sabía la razón, mi hijo, es decir, su marido es muy lampiño.

Me saqué la camisa y regresé a deleitarme con el joven y deseable cuerpo de mi nuera. Luego avancé y llegué a ese templo del placer. Mi aliento acarició su piel previo a mis besos sobre la tela.

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Un instante después la punta de mi lengua presionó la tela de su bikini. Podía sentir como su vagina se abría por la excitación y se volvía a humedecer. Durante varios minutos seguí moviendo mi lengua rebuscando por todas partes.

Alguna vez ella me confesaría que su marido hacía eso ocasionalmente pero por un lapso corto, pero Yo, el padre de su esposo la tenía ahora atrapada por un buen rato. A Liz le gusto ver mis piernas. No pasó por alto el enorme bulto que se me veía en mis ajustados boxers. A mis 45 años mantenía una erección firme aunque por el tamaño, mi pene se curvaba ligeramente hacia abajo; una enorme mata de vellos negros ocultaba en parte mis testículos igualmente grandes y ella miraba con deleite el conjunto.

Evidentemente mis atributos fueron del agrado de mi nuera, por lo que yo, su querido suegro, le sonreí mientras tomaba con la diestra el miembro que inevitablemente le iba a clavar. Su conchita también estaba ansiosa. Por un momento ella odio que su amado esposo no hubiera heredado esa parte de mi anatomía. Mi glande se abrió paso y Liz lo recibió con una descarga de jugos.

Mi nuera verdaderamente estaba loca de deseo y yo había olfateado perfectamente sus ansias de macho… y de sexo; cuando sentí que la punta de mi falo estaba ya dentro, coloque mis brazos en la cabecera de la cama y apoyado en las rodillas empuje las caderas poco a poco. Pese a la enorme calentura de ambos, me di tiempo para penetrarla poco a poco, lo hice con maestría, me llevo algunos minutos recorrerla con todo mi tronco, lentamente, milímetro a milímetro… mantuve una lenta pero constante penetración.

Para ella era fabuloso sentir como era ensanchada por la vergota de su suegro, primero sintiendo como casi le ardía pero a medida que se acostumbraba, verdaderamente lo disfrutaba. Entonces pegué en sus tetas mi pecho y al frotar los vellos de mi pectoral sus pezones tuvieron un estímulo adicional. Me convencí de que Liz siempre había querido eso: Cuando lo tuvo todo dentro me mantuve así, sin moverme, así en esa postura recorrí su cuello y hombros, mientras esperaba que ella se acostumbrara a mi presencia en su interior.

Esa petición llena de lujuria surtió efecto, de inmediato se la empecé a meter y a sacar con furia, ya estaba totalmente adaptada al tamaño y sus jugos de chorreante líquido se mezclaron con los míos para lubricar su concha, así que el vaivén fue delicioso. Me agarré a la cabecera y ella se abrazaba a mi cuerpo y me besaba. Porque sentí francamente como con sus jugos su vagina se volvía un río de lubricación que me facilitaba las embestidas permitiéndome aumentar el ritmo en que la tomaba.

Para entonces ya estaba empapado de sudor y por consiguiente ella también. No sabía que su segundo orgasmo no tardaría en llegar pero yo quería alcanzar el mío mientras mi nuera era cogida sin piedad. Sus manos tocaban mi cuerpo todavía firme y musculoso, acariciaba mis hombros, los bíceps, mi espalda y mis caderas; Liz estaba encantada de tener encima un macho tan caliente.

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En ese instante olvidé mi enojo al percatarme de la belleza que tenía enfrente, le sonreí como siempre, como si nada pasara, pero no pude dejar de recorrer con la mirada sus bellas formas, que se adivinaban perfectamente bajo la tela.

Por otra parte, a cualquiera le agrada la presencia de una mujer bella, y me la pase muy bien charlando de trivialidades en su compañía. La tarde se oscureció de repente y comenzó una de esas lluvias impertinentes con mucho viento suele hacerla molesta e incómoda para salir. El apagón no nos dejo a oscuras porque aun había luz de día. Le sonreí, me puso de muy buen humor que una mujer tan linda me obedeciera, y lo admito, las cervezas me habían puesto un poco eufórico.

La pregunta no tenía un doble sentido, pero ella prefirió ignorarla. Creo que le llamaron la atención mis brazos, no pudo evitar verme con detenimiento y no escapó a mi atención ese detalle. Tampoco pudo evitar cierta reacción inconsciente al llegar a ella mi olor masculino y ciertamente notorio, aunque no desagradable.

La mire detenidamente y ella sólo atino a pedirme permiso para ir a vestirse. Asentí con la cabeza y se levantó contoneando su cuerpo de manera inconsciente pero tan sexy que no pude reprimir el deseo de seguirla.

Me olvidé de llevar las latas de cerveza a la cocina, no sé qué intención tuve para seguirla a su cuarto, pero la seguí y creo que no se dio cuenta porque estaba un poco encandilada con el brillo de la vela que llevaba en la mano… la verdad es que no sabía si me atrevería a espiar a la esposa de mi hijo.

La puerta quedó entreabierta, y me quedé parado con la mano en el picaporte pensando en si sería capaz de atravesar ese espacio físico y una frontera mas intangible todavía… Liz por su parte estaba en su habitación solamente con su tanga y su breve sostén de media copa a la luz de una vela.

No pude decir nada, mi mirada recorrió esa figura femenina tan deseable. Ella sintió la intensidad de mi mirada sobre sus senos. Lejos de molestarse pareció gustarle. En cierta forma había un calor que empezaba a subirle por las piernas y la espalda. Pasó como un minuto, un largo minuto de silencio, ninguno de los dos dijimos nada.

Mi mirada le recorrió su figura de arriba abajo, no lo pude evitar. Sé que mi mirada era lasciva pero era el deseo que me había provocado. Ella no podía creer que su propio suegro la estuviera viendo de esa forma. Muy a su pesar sentía que le gustaba esa mirada. Supongo que su autoestima estaba un poco baja, pero a la luz de la vela me mostraba su cuerpo joven y bien formado, sus enormes senos destacaban en su esbelta figura, el sostén blanco apenas podía cubrir sus pezones porque la breve tela era incapaz de cubrir las prominentes carnes que por arriba y abajo escapaban de su prisión.

Yo no lo pude percibir, porque estaba vestido, pero Liz sentía hasta la escasa corriente de aire proveniente de la ventana apenas abierta desde el baño. No pude dejar de sentir un poco de celos. Mi mirada seguramente ya no era amable y coqueta, sin duda era completamente lujuriosa. Me estaba excitando con mi nuera. Creo que era recíproco, aunque ella seguía pensando en el hecho de que soy el padre de su esposo y no estaba bien que estuviera casi desnuda a unos pasos de mí.

Me acerqué a ella y en segundos estaba frente a Liz. Pero sus pezones le delataron cuando mi mirada se posó sobre sus pechos. Me senté en la cama junto a ella y mi siguiente pregunta fue demoledora: Su turbación fue evidente, no supo que contestar, de su boca apenas balbuceo un: Me tomé un instante, como pensando mis palabras, respiré y después de un suspiro le dije: No me contuve y le pregunte.

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Liz dejó ver que mi olor a hombre le encantaba, porque se puso frenética. Ahí ella se dio cuenta cuanto le gusta y excita el olor de un macho en celo; y no solo eso… mis pectorales marcados y los vellos espesos entre castaños y algunos plateados en mi pecho atraían su vista, estaba extasiada… Yo sabía la razón, mi hijo, es decir, su marido es muy lampiño.

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